Ojito...

Ojito...

No dejen de mirar esas caritas de los niños, ahora ya adultos, por Dios...

sábado, 24 de septiembre de 2011

Aysss, hombres...



La mayoría de los hombres, llegados a cierta edad, (después de los cincuenta), son capaces de vender hasta ese último vestigio de virilidad que les quedaba frente a la abuelita de su mejor amigo, antes de ser decretados impotentes mentales o poco hombres. Inmolan las costumbres más arraigadas, defendiendo a capa y espada, ese pensamiento paupérrimo y mediocre que aún pulula por sus “inocentes” mentes masculinas, pero eso sí, sexualmente erguidos para enfrentar todo tipo de batallas. Son amigos de las amigas de sus hijos, amantes, hermanos de sangre y de leche de los contactos sociales, colegas en la adversidad contractual de cualquier clase de feminismo mal habido, malabaristas de sinos propios y ajenos. Poseen una vida matrimonial, y mil vidas paralelas, perpendiculares u oblicuas para enaltecer ese pequeño gran ego tan discriminado. Nadie ni nada será un obstáculo emocional que los detenga o separe del cortejo más novelesco, porque a los hombres de esa edad, mis queridas féminas, no les interesa saber dónde depositan el objeto de su “amor” (léase, miembro), si no, tener algún lugar seguro en donde estacionarlo a presente y futuro. Mienten, despotrican, lastiman, celan, señalan, manifiestan una realidad que solo han forjado dentro de esas calenturientas y desesperadas mentes que luchan por mantenerse jóvenes, vitales y potentes, las que ya nunca jamás, serán veraces ni ecuánimes. En definitiva, mujeres, si aún tienen a su lado ese espécimen de “macho cabrío” a destiempo con anhelos de no ser un ínfimo metro sexual de bolsillo, aléjense, su salud y órgano sexual, se los agradecerá. Ana C.




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