Ojito...

Ojito...

No dejen de mirar esas caritas de los niños, ahora ya adultos, por Dios...

viernes, 23 de septiembre de 2011

Crítica de "Pepino el 88"





La magia de los recuerdos afloran; ríen; suenan; nos conmueven; fluyen a la par de toda gloria y “locura” del artista, junto a su dignidad de serlo. Los personajes perduran en ese mismo universo que los escenarios encierran por encima del mundo hasta estatizarse en una postal imaginaria que abarca todos los tiempos y personas. Dentro, la vida se asemeja a una ilusoria espiral de gestos y sensaciones que se mezclan con el llanto; a esa relatividad de los amores prohibidos y no, bajo la plusvalía que el temor da ante el miedo de ser y de no ser. Las canciones crecen y se reproducen junto a sus letras como un carrusel que renace desde el alma, mientras la nostalgia nos apresa en paralelo con esa muerte que ronda las vidas y los pasos.
Pepino (Víctor Laplace); calla; se manifiesta; esgrime la verdad desde sus entrañas; inhala; exhala; ama; muere; es; se transforma; entona; danza; sufre; sueña con suma hidalguía y capacidad dentro de ese rostro de juguete y de pintura que reafirma su triste desnudes… De vez en cuando, la voz y los aros de Rosa (Karina K ) son lanzados hacia el encuentro de esa otra parte de la esencia y de la historia; hacia la completud de lo no existente; aunque la libertad del amor cautivo solo vuele en una cíclica jugada que no siempre puede liberar al otro.
Este mundo circense de los hermanos Podestá, equidista y refleja convulsivamente toda realidad y sentimiento cotidiano; la permisividad de un cautiverio renaciente; el deseo no correspondido que se instala en cada espectador ampliando así todo triángulo amoroso; lo estrellado de la noche flotando tras la acrobacia de un trapecio inmóvil y no; la reiterada corruptibilidad del gobierno reinante; el anonimato y manifiesto de los personajes; junto a una vana hipocresía que subyace latente.
Afuera, una luna menguante pende acompasada del cuerpo de algún clown, (Alejandro Paker), a la vez que las lágrimas del poeta yacen mortecinas bajo la destrucción de un pétalo de rosa…
Un suntuoso vestuario, (Renata Schussheim); exquisita escenografía, (Jorge Ferrari); excelente banda musical en vivo, (Federico Mizrahi, Hernán Reinaudo, Christian Colaizzo, Ricardo Cánepa, Jorge Bergero, Fabián Aguiar, Germán Moine, Oscar Serrano y Christine Brebes); magnífico director (Daniel Suárez Marzal); sincronizada y sutil iluminación, (Nicolás Trovato) e intenso montaje, son el muy válido respaldo que los actores y actrices han logrado conseguir junto a esta genial puesta en escena. Ana C.




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