Ojito...

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No dejen de mirar esas caritas de los niños, ahora ya adultos, por Dios...

viernes, 23 de septiembre de 2011

Crítica a: "Diario privado de Adán y Eva"



"Diario privado de Adán y Eva". Musical inspirado en las historias de Mark Twain, F. Stockton y J. Feiffer. Teatro El Nacional. Producción artística: Diego Romay. Producción general: Alejandro Romay.


A veces la ingenuidad del punta pie inicial, también podría remontarnos hacia el fin, donde una última pareja sentiría esas mismas sensaciones del ayer, aunque con cierta cuota de ternura y madurez. Porque de alguna manera, la obnubilación que el origen y el final provoca, podría retratarse sobre un mismo lienzo, donde esos dos únicos y desconocidos todo lo descubren o ya desamparados y sobrevivientes, no tienen más nada para nombrar ni domesticar. Esto ocurre en el “Diario privado de Adán y Eva”; ambos extremos avanzan y retroceden ante las distintas emociones y ópticas del espectador. Su magia nos envuelve de tal manera, que logra hacernos perder en cada uno de esos principios y finales ya vividos, casi sin saber si aquellas dualidades entre la verdad y la mentira; los comienzos y las despedidas o el paraíso y el infierno, eran lo que realmente creíamos. Una exultante Eva, (China Zorrilla), bañada por el influjo de quién sabe qué otras musas, nos humilla mediante su gracia, prestigio y seducción escénica, compitiendo desde el vamos, con ese increíble Adán, (Carlos Perciavalle), talentoso, sensible y altanero. Y como en toda pareja, lo intrínseco de la realidad, se bifurca entre esos dos polos opuestos que el hombre y la mujer significan y a la vez complementan. Las palabras, junto al don del diálogo, carecen para él hasta ese momento de un sentido absoluto, logrando sólo agobiarlo; sin embargo en ella, se declinan cálidamente sobre esa seda que las letras conforman al convertirse en frases. Matías Piegari, nos remonta hacia las entrañas del paraíso, haciéndonos vibrar en ese mismo ensueño con sus maravillosos y jóvenes dedos que ejecutan deliciosamente las teclas del piano; mientras la voz de Dios, (Raúl Lavié), introduce el misterio de la fe hecho ficción. Las multifacéticas caras y aristas del teatro, como un inmenso poliedro de cristal, transparentan la realidad de la vida y de la muerte; del agua y del fuego; de la tierra y el aire, amparados desde la divinidad por medio del histrionismo de los artistas, quienes cómplices con el público, proyectan varias versiones paralelas de lo que estamos viendo. Lo mismo ocurre en las canciones que Eva y Adán cantan a “contra voz” y a “contra letra”. Podríamos compararlo con esos juguetes infantiles que cuelgan sobre las cunas en delicados movimientos concéntricos y no, girando por encima del tiempo; a veces muñecos; a veces muecas; a veces lunas… Como era de esperar, la serpiente y la manzana también aparecen, aunque para acentuar las semejanzas de esa completud entre la practicidad y la desmesura; la ensoñación y el aislamiento o la tranquilidad y la verborragia, desmitificando así todo pecado original, convertido ahora en esa necesidad de ser para y con el otro.
Nada más valedero para un artista que el continuo aplauso; la aguda carcajada y el agónico llanto fundidos desde el alma, realidades con las que hoy la gente y los actores fueron ungidos en el Teatro Nacional, ante un majestuoso vestuario y concreta puesta en escena.
Entonces, ya de pie, vuelvo a esbozar otro estremecedor “bravo”, bajo ese “iluminado” recinto y mítica obra que aún palpita en las retinas. Gracias China; gracias Carlos, Ana C.



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