Ojito...

Ojito...

No dejen de mirar esas caritas de los niños, ahora ya adultos, por Dios...

viernes, 30 de septiembre de 2011

Tragicómico...




  En el velatorio de mamá, amén del mal momento vivido, también hubo una cuota de plena ironía…


   Las casas  mortuorias, “tienen ese no sé qué”, que te originan náuseas perpetuas. Sin dudas, deberían reservarse el derecho de admisión en lo más recóndito de sus ancestros, ya que, prestar un servicio para lucrar con el dolor ajeno, es de lo peorcito en stock. 
 Como hace años, ya había transcurrido por el velatorio de mi viejo, en una batalla casi campal, con el empleado, ahora, me sentía fuerte como para volver a enfrentar al que me tocase en suerte. Y así fue. Acompañada por primas y amigas, ni bien supimos del fallecimiento de mi madre, nos aprontamos al lugar.
 Luego de una serie de datos y demás menesteres tan pesados, pero inevitables, para ellos, claro, el señor encargado con cara de Tutan Quieto fenecido, se alejó del escritorio, para llamar a la mutual beneficiaria de mi vieja. Instantes después, regresó diciendo:

- La mutual no cubre nada…
- ¿Perdónnnn?, respondí como loca, mientras buscaba el último recibo pago de tal empresa en mi cartera
- Que ellos no se hacen cargo de los servicios…
- ¿Entonces para que le descontaron durante años todos estos pagos???, dije casi gritando, a la vez que le tiraba el papel sobre la mesa

 El hombre lo miró como si no le hubiese mostrado nada, con un gesto adusto de imbécil nato inscripto en su rostro, y volvió a repetir lo mismo, se ve que eran las únicas palabras que sabía decir:

- Bueno, entonces llame de nuevo a la mutual, delante de mí, que yo les voy a hablar

 Él marcó el número, cruzó unas palabras con la secretaria, y me alcanzó el teléfono. La empleada de la Asociación me saludó atentamente (nos conocíamos de toda la vida), mientras le decía:

- ¿Cómo que la mutual no cubre ningún gasto? ¿No recordas que íbamos todos los meses a pagar?

 Ella quedó como aturdida en el laberinto de sus propia ignorancia, y respondió:

- Hola, Ana, sí, recuerdo, pasa que la empresa fúnebre me tomó por sorpresa, estaba justo con mucha gente…
- Imaginate cómo me habré sorprendido yo, que la que se murió es mi vieja, ¿No…?

 La tipa quedó mudita mal, se ve que la imagen de mami se le vino también a la mente, y no en sus mejores días…

- Disculpáme, estaba confundida…
- No más que yo... Mirá, le dije, estoy pasando por el peor momento de mi vida, y si no te volvía a llamar, hubiese tenido que pagar, encima, todo un velatorio ya abonado. Me parece que te equivocaste y mucho.

 Ella me volvió a pedir disculpas varias, las que en la intimidad, obviamente, no acepté, y corté, para proseguir con la momia atónita vestida de negro, que seguía en frente de mí, a la espera de una respuesta:

- ¿Qué le dije...?, le repliqué, entre canchera y furiosa

 Luego de semejante momento, el señor no tuvo la mejor idea, de llevarme a hacer un tour por la lúgubre sala de los cajones de su pertenencia. Aunque no pudo enunciar como robot las bondades de cada uno de ellos, ya que mi voz, lo hizo callar a penas comenzó:

- Como le comenté, deme el cajón que entre en la mutual…

 Entonces proseguimos firmando más papeles, boletas de pagos y avisos, con una cara de tujes impuesta y expuesta, digna de ver en las mejores salas, no mortuorias...

 Horas después, la calidez de mis amigos y parientes, hicieron que una situación tan luctuosa, se convirtiera en una charla redonda de diversos temas, mientras mi vieja, seguía en la otra habitación, intentando descansar en paz…, Ana C.



jueves, 29 de septiembre de 2011

Alborotada Navidad…





   
     De niña, sin dudas, tuve todos los gustos habidos y por haber. Claro, así quedé, ja… En fin, había llegado Navidad, y con ella, toda la felicidad arraigada en adornos, Papa Noel y juguetes varios, flotaba en el ambiente. Yo tendría unos cuatro añitos, y mis padres, en secreto, me habían comprado la  primer bicicleta. Pero, arduo problema iba a ser entrarla a casa, ya que mi inquietante carácter perpetuo, no dejaría de investigar ese futuro hallazgo por todas las esquinas. Entonces decidieron subirla al primer piso de mi pieza, por medio de los empleados del negocio, desde la vereda. Y, para despistarme, dejaron como olvidado un autito Fitito diminuto sobre el calefactor del hogar…
  Ese día me desperté más insoportable y ansiosa que nunca, para recorrer la totalidad de la casa en nombre de mis regalos, tan anhelados y merecidos. Cuando llegué al comedor, mis ojos divisaron semejante ofensa a mis sentidos. El Fiat en miniatura estaba allí, frío y microscópico, envuelto en una bolsita transparente, arrojado sobre la estufa, como quien tira a un tiburón una mojarrita para que se alimente. De inmediato, mis gritos, estallaron hasta llegar a los oídos de mis viejos, quienes, alegres, (por lo que vendría), intentaron calmarme, sin obtenerlo, claro. Desde la parte superior, un ruido extraño me sorprendió. La miré a mamá, mientras subía los escalones vociferando en medio del llanto:
- Viejo de mierda, amarrete, esta porquería me trajiste… (Por papá Noel, obvio)
  Mis padres no sabían como detener esa delicadeza tan arraigada en lo más íntimo de mi ser, y sobre todo, qué hacer para que yo no viera a los tipos descargando la bici en mi pieza. Nuevamente me abrazaron, diciéndome que seguro él había dejado más  juguetes en otra parte de la casa, mientras yo seguía puteando a diestra y siniestra. En el primer piso, otro sonido volvió a inquietarme, entonces, me dieron la libertad de ir. Cuando entré a mi habitación, todo tipo de ira infantil se diluyó mágicamente, al ver la bicicleta roja con sus rueditas haciendo juego, esperándome de pié junto a la cama.
 Desde ese día, les juro, nunca más me separé de ella, siguió durmiendo a mi lado, por muchos años más…, Ana C.


miércoles, 28 de septiembre de 2011

Yo también tuve 20 añitos, Señor juez…





    La adolescencia, es sin dudas, uno de esos momentos en que el cerebro suele descansar inerte por su propio peso gravitacional en lo más profundo del tujes… 
Bueno, en ese estado me encontraba, estudiando en la UNI y haciendo jingles, como terapia ocupacional. Mis gentiles padres, me habían obsequiado un órgano musical, para acceder a tan interesantes menesteres culturales, además del piano, que ya poseía. Hete aquí, que con un tamaño tan prominente, era casi imposible que lo fuese a buscar sola al negocio. Pero, como mi conducta emocional siempre fue casi la misma con el correr de los años, nada me importó, y me dirigí al lugar, en mi 3CV. Obvio, que el espacio más cómodo para cargas y descargas, frente al mismo negocio, estaba prohibido estacionar. Ergo, lo hice igual… Luego de unos minutos, y ya con mi órgano a cuestas acarreado por un empleado, tuve la dulce gratificación, de encontrarme con una multa anclada en el parabrisas de mi coche. Indignada, busqué al zorro gris ( no se rían, en ese momento se llamaban así), para aclarar tal situación, ( la que era clarísima), pero nunca lo encontré.
 Días después de haber disfrutado de la música y sus bemoles aledaños, tuve que ir a declarar, al juzgado de faltas. Me vestí con las mejores pilchas de femme fatal y fui a la citación. Después de una amansadora importante de espera, me recibió el juez (uno de los más serios) junto a su empleado.   
 Sentada ante ese estrado interminable de alto y largo, empezaron a preguntarme los por qué y para qué del mal estacionamiento de mi máquina Citroen. Entre otras cosas, les explique todo lo sucedido. Hasta que el Señor en nombre de La Ley, me dijo: 

- ¿Pero usted no se dio cuenta que no se podía estacionar ahí?
- Sí, claro, respondí, ¿Pero que pretendía, que fuera con un changador a buscarlo? Y yo no tengo tanta fuerza… 
El hombre, algo confundido, siguió indagando en la pelotudez humana de los orígenes del caso:

 - Bueno, pero mi deber es multarla, al saber que estacionaba en un lugar prohibido…
- Está bien, al menos fui sincera y le comenté lo que realmente ocurrió… 
Él se quedó pensando sobre el expediente, hasta preguntarme:

- ¿Que edad tiene? 
- ¿Qué...?, repregunté indignada por lo irrelevante de su curiosidad cuasi oficial
- ¿Que, cuál es su edad?, Volvió a insistir el hombre
 Yo lo miré con toda la sorna posible instalada en mi rostro, mientras me enrulaba un mechón de pelo entre los dedos y le decía:

 - Aysss, ¿Usted cuántos me da…? 
 Ambos se miraron atónitos, dudando unos instantes, antes de largar una carcajada al unísono y decirme:

- Tome el documento y no vuelva nunca más…

 Bueno, en la adolescencia, una también tiene sus privilegios…, Ana C.


Él...




  (Nuevo post enviado por alguien muy particular a la que quiero, y no quiso dar su nombre, ja ja ja)



  Sin dudas, era el más lindo del boliche, con su silueta esbelta y mirada profunda, que a todas embriagaba, aunque jamás se había fijado en mí. Con el tiempo, logré ir conociendo a todos sus amigos, hasta al mismísimo hermano. Pero no había forma, semejante bomba sexual, ni me registraba. Hasta que aquel día decidí jugarme, y después de muchos probadores en mi haber, logré encontrar un body tipo corsé, con alambres hasta en el tujes, pero que me quedaba impecable por donde se lo mirara… 
 Por la noche, volví al boliche. Me senté al lado del hermano, frente a él y a un amigo gay en común. En medio de la música y el enjambre de personas, mi cuerpo cada vez se iba entumeciendo más, mientras los hierros del corsé se incrustaban en lo profundo de mí ser. Ya de madrugada estaba tan tiesa como una momia Egipcia, pero eso sí, con el ego por las nubes al saberme provocativa y deliciosa, ante su presencia. Fue cuando de reojo vi que comenzaba a fijarse en mí, como si fuera la única mujer que lo podría satisfacer en la tierra. Había clavado sus pupilas en mis pechos, claro, dije, con semejante estructura prefabricada corporal, mis tetas ya cotizaban en alza en la bolsa del paraíso más cercano. También empecé a mirarlo, mientras él, agachaba su vista hacia las profundidades de sus piernas. Entonces, nuestro amigo en común, comenzó a hacerme unas señas extrañas. No me hice cargo, ya que extasiada, sólo podía permanecer en ese estado permanente. De repente,  my friend, se corrió hacia un costado, con sus manos al viento como dirigiendo el aterrizaje de una nave extraterrestre, para acercarse y decirme al oído, que lo acompañara al baño del primer piso. Si bien no entendía nada, lo seguí, al igual que la Reina de Inglaterra seguiría a su prometido, subiendo los escalones con un paso de pasarela monárquico. Él no dejaba de mirarme con ojos penetrantes. Al llegar, mi amigo me pregunta: - ¿Qué tenes ahí? señalando mi body de fiesta. Fue cuando pude ver como los hierros del corsé traspasaban la ropa, erectos y ostentosos, hacia la superficie, como los alambres de los fardos se expanden con los vientos del campo.  
 De ahí en más, mi mente voló hacia el rincón más lejano del lugar, sintiéndome casi invisible e intentando cubrir semejante escena Dantesca. Entonces, él puso su mano en mi cintura y dijo: - ¿Qué pasa, estas como enyesada? con una risa socarrona.  Por mi mente transcurrieron todas las escenas de mi vida en un instante, hasta que casi tartamudeando, le respondí, con una excusa tan pelotuda como pronta: – Pasa que tengo problemas de columna…
 La carcajada aún se sigue propagando en el boliche y zonas aledañas, aunque yo, ni siquiera la escuché, ¿Porque saben qué?,  desde ese momento, nunca más nos separamos…, Ana C.


martes, 27 de septiembre de 2011

Te lo juro por éssstaaa...




   Me vestí apresurada. La vertiginosidad de las horas, me había llevado a estar más nerviosa que de costumbre. Tomé la camisa escocesa del vestidor, el pantalón oscuro y la campera haciendo juego, casi al mismo tiempo, que terminaba de peinar mi pelo aún mojado. El timbre del teléfono volvió a confirmar mi apremio por llegar a aquella cita. No lo atendí, sabía que reprocharía, mi impuntualidad nata. Me maquillé casi al instante, con un polvo mágico de solución perpetua, y entré al auto. Al intentar encenderlo, un sonido sordo y mudo, se apoderó de mí. La batería del coche había fenecido en la penumbra de la noche, sin aviso previo. Entonces, aprovechando el declive del garaje, lo fui empujando hasta la vereda. Hacía calor,  y mi ardua tarea se convertía, cada vez más, en una pesada carga de soportar. Cuando logré bajarlo a la calle, ya sin un plano inclinado de ayuda, el costo de mi esfuerzo, se volvió a acrecentar. A lo lejos, la bocina de un camión de residuos, se hacía escuchar amenazante. Yo me di vuelta con la ira y el cansancio instalados en mi rostro, y sin decir nada, continué maniobrando el volante, hasta casi acceder al cordón de la vereda. Fue justo cuando el camión volvió a hacerme sobresaltar con un mismo estallido auditivo, ya casi en la esquina de mi casa, a la vez que yo era un engendro de insultos arraigados desde lo más profundo de mí ser que estaba a punto de convulsionar. Entonces mi deseo se hizo palabra, gritando: 
- ¡Qué quieren, pelotudos, no ven que estoy empujando el auto sola!!! ¡¡¡Ya los vi!!!, mientras seguía con mi tan loable menester de estacionar el coche a empujones. De inmediato, el camión se detuvo a la par del mismo, y el conductor me dijo: - Nada, Señora, queríamos ayudarla a empujar el coche… Yo sentí que la vergüenza trepaba por mi piel hasta depositarse justo en mi garganta, y sin dar el brazo a torcer, le respondí: - Bueno, querían empujar, empujen…, con una voz moribunda que renacía solo por la necedad arcaica de mi ser, a la vez, que subía al auto para ser empujada por el Señor recolector, sin dudas, alguien mucho más educado que la que subscribe… Ah, sí, a mi cita, llegué repuntual…, Ana C.


lunes, 26 de septiembre de 2011

Encuentro explosivo…



Había recorrido a pie todo baires hasta encontrar un vestido que era un divinor, aros y collares acordes, más una chalina plateada de regalo, y pepés – sandalias, al mejor estilo Cenicienta, de plata con piedras incrustadas. Sí, tenía una fiesta más que importante. Agotada ya de tanto trajinar, me dispuse a tomar el Bondi, cuando sólo me restaban, 10 cuadras del hotel. Pajuerana que soy, subí, como siempre, casi a los gritos, preguntando si iba a Congreso, lo que el colectivero afirmó. Ergo, cuando estaba insertando las monedas en la máquina, el señor me dice: - Pero mirá que tenes solo diez cuadras hasta Congreso – Sí, respondo, altiva de mi subdesarrollo existencial provinciano, pero estoy cansada de tanto caminar…

Entonces una voz del más allá, que era bien del más acá, proveniente de la primera fila, dijo: - Aysss, qué gracioso, el colectivero creía que la chica estaba perdida y ella estaba agotada… Yo percibí ese timbre de voz como alguien que conocía de toda la vida (memoria emotiva que le dicen), y sin siquiera darme vuelta al instante, supe quien era… La señora, Yiya para los íntimos, estaba sentadita con las piernas apretadas y un paquete sobre las mismas. La miré con un tinte simpático, amén de las contradicciones típicas que uno tiene con este tipo de “personas”, y me acerqué diciendo: - Oiga, ¿No me diga que lleva masas para tomar el té con sus amigas? Ella permaneció asombrada con unos ojos mansos detrás de las lentes, los que quién sabe qué otro tipo de momentos habrán visto, y respondió: - ¿Por qué? ¿Vos quién sos? ¿Quién te manda? – Nadie, le dije, conocido, al menos, la tengo vista de la tele… La anciana volvió a mirarme ya con una tranquilidad infinita de culpa y cargo, mientras el colectivero moría de risa desde el espejo retrovisor a la espera de una batalla campal en movimiento, y el resto de la gente, muy poca, claro, trataba atenta de seguir el diálogo: - Ays, querida - siguió ella - vos sabes que eso no pasó como se dijo… Fue todo una mentira. Mirá, si no, los enfermeros, quienes también comieron de esas mismas masas, e incluso, los médicos del hospital, tendrían que estar muertos… - Bueno, dije, no lo sabemos…, mientras intentaba contener la carcajada oculta que estallaba dentro de mis labios, a la vez, que mi instinto investigador, me exigía que continuara hablando, y más aún, que la siguiera hasta su casa…

Charlamos por unos minutos, hasta que mi parada "colectivezca", boicoteó todo deseo futuro de saber sobre su persona. Entonces me bajé, no sin antes, saludarla con respeto, (a ella y al resto de las personas), como esas formalidades que uno suele hacer al estar delante de un “potencial asesino” con una muy buena coartada…, Ana C.

PD: Después supe que vivía en Constitución, con un jubilado no vidente, a quien le cobraba todas sus entradas... In memoriam de Yiyita Murano, juas



Cómo no voy a conseguir sponsors para mi blog si…


Anécdota de: El telo...





Cuando presenté mi segundo libro, logré obtener 29 yo solita… Tuve desde un marmolero de tumbas hasta un reconocido telo citadino. Bingos, farmacias, clínicas, venta de colchones, de yerba, panaderías, restaurantes, florerías, fundaciones, financieras y demás, fueron algunos de los que me acompañaron. Todo un espectro de felicidad instantánea en nombre de la tan mentada cultura, tras el respaldo de un coro de niños y dúo lírico, de maravilla. Claro que cada uno de los avisadores estaba conformado por un submundo distinto al que habitamos en la cotidianeidad.
Resultó ser que para conseguir la validación del albergue transitorio ya nombrado, debía acceder al mismo y recorrerlo. Eso hice. Me vestí como una “escritora bien constituida” para la circunstancia y llegué con mi Fiat Uno al estacionamiento del lugar. El encargado me saludó atentamente y llevo a la gerencia. Hablamos unos minutos, para luego, adentrarnos por los pasillos del sitio. (Entre nos, les confieso, que jamás había visto ni estado desde ese lado en un telo…) El hombre me fue enseñando las distintas habitaciones: cama de agua, jacuzzi, baño Escoses, presidencial, etc., mientras me comentaba los altos valores de acceder a ese hotel por horas, señalando cada espacio como si fuera una visita guiada al mismísimo Palacio de Buckingham. – Acá, dijo como en el discurso de un político ya electo, velamos por la higiene. No puede haber ni un pelo. Cada habitación debe estar tan aséptica como un quirófano… Yo asentí con mi cabeza casi en Babia, desconcertada por el empeño que le ponía a su trabajo. Hasta que el señor se agacho hacia una mesita de luz y me dijo: - También tenemos estos aparatejos, mostrándome un consolador empaquetado, casi con desgano. Muda, con una boca abierta que denotaba explícitamente mi anonadamiento frente a esas palabras de un extraño, y casi sin pensarlo, le respondí con una voz infante irreproducible: - Hay, que lindo, nunca tuve uno… El hombre me miró tan perplejo como yo, con una pena que se iba instalando en su rostro a medida que me observaba más adentro y no dijo más nada. Entonces regresamos a la oficina, me hizo sentar, a la vez que buscaba no sé qué dentro de uno de los cajones del armario. Fue cuando volcó una caja inmensa con distintos vibradores multiformes y multicolores sobre el escritorio, diciéndome: - Tomá, elegíte uno… Yo volví a poner esa cara de pelotuda existencial que tan bien me sale, mientras observaba y pensaba al unísono: ¿Qué dirá este hombre de mí? Si agarro uno pequeño, sería más idiota todavía, y si elijo uno grandote, una degenerada... Los consoladores seguían allí inertes sobre la llanura del escritorio. De reojo pude ver uno negro que desbarataba toda teoría de la raza de color, la que evidentemente, no había sido plasmada en esos juguetitos sexuales. A un costado, otros de textura rugosa esperaban atentos a mi decisión, junto a unos lisos color carne, comunachos. Cuando halle el que iría con mis preferencias más precarias y lujuriosas, le dije:
- Quiero éste, señalando al más grande de todos, con una risa nerviosa cuasi histérica. El encargado también sonrió cómplice, murmurando: - Después, contáme… Sentí nuevamente la adolescente que habita en mí manifestarse a través de mis cándidas mejillas rozagantes junto a un cosquilleo desde la profundidad de las entrañas, como una primavera del deseo, por estallar.
Luego me despedí con toda la formalidad que pude rescatar de mi memoria, a la vez que, el señor me guiaba hacia la cochera y salida principal.
Cuando subí al auto, coloqué mi nueva adquisición en el asiendo del acompañante, sintiéndome por primera vez, al lado de un “macho cabrío” sin expectativas ni señalamientos, mientras me alejaba del telo como una mujer completa de cuerpo, mente y alma, con el rostro impregnado por una especie de sonrisa al mejor estilo de la Gioconda…, Ana C.

PD: Lo de las entradas que se sortearon para el telo y los diversos candidatos del público casados o profesoras de mi adolescencia, lo dejo para otra oportunidad, je je…





sábado, 24 de septiembre de 2011

Para las mujeres también hay…



Algunas, han vivido en paralelo por todo un abanico de posibilidades maritales, rancias de sexo, pero afortunadas en la compañía del “amor”, al dinero, claro… Meretrices del entendimiento, contabilizan a lo largo y a lo ancho de la vida, los diversos morlacos que sus esposos con tanta eficiencia lograron obtener. Nada les alcanza, ni las cortinas rosa Dior que abruptamente cuelgan en cada uno de los ventanales que dan al parque; ni el espejo biselado comprado en un anticuario o las copas de cristal de la suegra que en ocasiones desempolvan para foráneos invitados. Todo les da igual bajo las caricaturas de sus caras ya desconocidas con aliento a futuro de un pasado non santo y sus escuetas siluetas deambulando en agónicas sombras vespertinas por algún techo inclinado de deseosos maullidos extravagantes.
Otras, sólo se conservan en el ostracismo del masculino de turno, lamiendo los zapatos de ese afortunado que les da de comer y beber, para innovar con alguna venta de cremas perfumadas desde sus casas. Las hay también con celulitis y cuerpos desvencijados, revolviendo las alacenas de los recuerdos sensoriales, tan válidas como las que los mantienen rígidos y encapsulados en sus burbujas de gases espirituales pertinentes.
O las que desgarran sus tersas pieles en nombre de una feminidad hecha machismo, la que por ninguna clase de profecía, dejarían de practicar.
Existen esas de un rostro fétido de yogur disociado a toda realidad, con sus globos oculares abiertos al Universo de lo indescriptible, el busto turgente y decidido casi a la altura de unos pómulos rozagantes y extensiones de alguna cabellera ya fenecida, que dios la tenga en su gloria por seguir perteneciendo al mundo de esta clase de vivos.
Habemos de todo un poco dentro de este género humano tan vapuleado, tantas, como infinitas patologías masculinas repercuten en nuestra zona más oval. Veneremos entonces el oráculo de esas gónadas triunfalistas a mansalva que todavía creen dirigir estas abrumadoras almas…, Ana C.




Aysss, hombres...



La mayoría de los hombres, llegados a cierta edad, (después de los cincuenta), son capaces de vender hasta ese último vestigio de virilidad que les quedaba frente a la abuelita de su mejor amigo, antes de ser decretados impotentes mentales o poco hombres. Inmolan las costumbres más arraigadas, defendiendo a capa y espada, ese pensamiento paupérrimo y mediocre que aún pulula por sus “inocentes” mentes masculinas, pero eso sí, sexualmente erguidos para enfrentar todo tipo de batallas. Son amigos de las amigas de sus hijos, amantes, hermanos de sangre y de leche de los contactos sociales, colegas en la adversidad contractual de cualquier clase de feminismo mal habido, malabaristas de sinos propios y ajenos. Poseen una vida matrimonial, y mil vidas paralelas, perpendiculares u oblicuas para enaltecer ese pequeño gran ego tan discriminado. Nadie ni nada será un obstáculo emocional que los detenga o separe del cortejo más novelesco, porque a los hombres de esa edad, mis queridas féminas, no les interesa saber dónde depositan el objeto de su “amor” (léase, miembro), si no, tener algún lugar seguro en donde estacionarlo a presente y futuro. Mienten, despotrican, lastiman, celan, señalan, manifiestan una realidad que solo han forjado dentro de esas calenturientas y desesperadas mentes que luchan por mantenerse jóvenes, vitales y potentes, las que ya nunca jamás, serán veraces ni ecuánimes. En definitiva, mujeres, si aún tienen a su lado ese espécimen de “macho cabrío” a destiempo con anhelos de no ser un ínfimo metro sexual de bolsillo, aléjense, su salud y órgano sexual, se los agradecerá. Ana C.




viernes, 23 de septiembre de 2011

"Ser o no ser..."



Conseguir laburo en estos tiempos se ha convertido en algo casi inaudito. La experiencia, vendría a ser el amague de una madurez pseudo descartable. Y la juventud, el aciago presente del no vas a llegar a nada en estas décadas apasionadas e infames por los ratings y falsas apariencias. Ergo, uno es un paria que navega por el mundo intentando ser lo que jamás fue y lo que nunca será. La iniciativa deviene en una fatiga crónica del entendimiento y el intelecto en una rueda de círculos viciosos que gira hacia el anonimato. Entonces, tu seso tiende a un On-Off de mentiras y verdades; del querer ser y no poder bajo ese subdesarrollo que aún subsiste dentro del cono de honestidad que te sigue haciendo sombra. Y nada cambia. El sometimiento de los días sólo acelera la adrenalina, que a su vez, acorta el sino de tu desarrollo. Mientras cada mañana elonga sus horas para conformar un monstruo perpetuo de silencios infinitos que se instala en la memoria colectiva de los que te precedieron. Nos han mentido, la vida laboral ya no cotiza en bolsa, ni siquiera, para ser donante de más vida existencial. Ana C.




Crítica a: "Diario privado de Adán y Eva"



"Diario privado de Adán y Eva". Musical inspirado en las historias de Mark Twain, F. Stockton y J. Feiffer. Teatro El Nacional. Producción artística: Diego Romay. Producción general: Alejandro Romay.


A veces la ingenuidad del punta pie inicial, también podría remontarnos hacia el fin, donde una última pareja sentiría esas mismas sensaciones del ayer, aunque con cierta cuota de ternura y madurez. Porque de alguna manera, la obnubilación que el origen y el final provoca, podría retratarse sobre un mismo lienzo, donde esos dos únicos y desconocidos todo lo descubren o ya desamparados y sobrevivientes, no tienen más nada para nombrar ni domesticar. Esto ocurre en el “Diario privado de Adán y Eva”; ambos extremos avanzan y retroceden ante las distintas emociones y ópticas del espectador. Su magia nos envuelve de tal manera, que logra hacernos perder en cada uno de esos principios y finales ya vividos, casi sin saber si aquellas dualidades entre la verdad y la mentira; los comienzos y las despedidas o el paraíso y el infierno, eran lo que realmente creíamos. Una exultante Eva, (China Zorrilla), bañada por el influjo de quién sabe qué otras musas, nos humilla mediante su gracia, prestigio y seducción escénica, compitiendo desde el vamos, con ese increíble Adán, (Carlos Perciavalle), talentoso, sensible y altanero. Y como en toda pareja, lo intrínseco de la realidad, se bifurca entre esos dos polos opuestos que el hombre y la mujer significan y a la vez complementan. Las palabras, junto al don del diálogo, carecen para él hasta ese momento de un sentido absoluto, logrando sólo agobiarlo; sin embargo en ella, se declinan cálidamente sobre esa seda que las letras conforman al convertirse en frases. Matías Piegari, nos remonta hacia las entrañas del paraíso, haciéndonos vibrar en ese mismo ensueño con sus maravillosos y jóvenes dedos que ejecutan deliciosamente las teclas del piano; mientras la voz de Dios, (Raúl Lavié), introduce el misterio de la fe hecho ficción. Las multifacéticas caras y aristas del teatro, como un inmenso poliedro de cristal, transparentan la realidad de la vida y de la muerte; del agua y del fuego; de la tierra y el aire, amparados desde la divinidad por medio del histrionismo de los artistas, quienes cómplices con el público, proyectan varias versiones paralelas de lo que estamos viendo. Lo mismo ocurre en las canciones que Eva y Adán cantan a “contra voz” y a “contra letra”. Podríamos compararlo con esos juguetes infantiles que cuelgan sobre las cunas en delicados movimientos concéntricos y no, girando por encima del tiempo; a veces muñecos; a veces muecas; a veces lunas… Como era de esperar, la serpiente y la manzana también aparecen, aunque para acentuar las semejanzas de esa completud entre la practicidad y la desmesura; la ensoñación y el aislamiento o la tranquilidad y la verborragia, desmitificando así todo pecado original, convertido ahora en esa necesidad de ser para y con el otro.
Nada más valedero para un artista que el continuo aplauso; la aguda carcajada y el agónico llanto fundidos desde el alma, realidades con las que hoy la gente y los actores fueron ungidos en el Teatro Nacional, ante un majestuoso vestuario y concreta puesta en escena.
Entonces, ya de pie, vuelvo a esbozar otro estremecedor “bravo”, bajo ese “iluminado” recinto y mítica obra que aún palpita en las retinas. Gracias China; gracias Carlos, Ana C.



Prosa poética...



Sabores…


Huelo a ti; al espasmo de esa piel respirando un mismo aire; a las mañanas tibias de pupilas que laten al unísono. Huelo a la magia de tu nombre susurrando en mis espaldas; a ese beso postergado que aún deambula como un silogismo errante de la espera; a la eternidad de horas y de días persistiendo en las entrañas, mientras la savia de tus labios se declina lentamente sin llegar a mí. Huelo a esas manos masculinas que dibujan espacios en el tiempo; a la tierna lluvia silenciosa de sueños inconclusos; al recorrido de tus dedos moldeando mi existencia. Sólo huelo a ti…, Ana C.


Para vos…


Cuando ríes, el verdor de tus ojos se baña de partículas de oro y el alma te nace bajo una sonrisa mansa que se adueña galante de tu rostro. Entonces la noche se derrama cristalina hasta eclipsarnos en ese laberinto de los labios. A veces, un aguerrido gesto asciende furioso para plasmarse en cada instante de la piel. Es cuando el temor se conjuga con el magnetismo de tu magia y la vida nos estalla sin resguardo. En cambio cuando lloras, un universo gris te puebla las pupilas de miedos y naufragios, mientras tibio de tristezas y de lunas, encallas solitario en el espejismo de tu espectro, donde mi sombra se despedaza silenciosa de nostalgias…, Ana C.


Mis libros y presentaciones...










Crítica a Las chicas de la lencería...




La buena fotografía es una especie de poesía que regocija a la mirada y al entendimiento. Tales sensaciones se suceden en este film como una apología de la vida y de la ilimitable belleza a los sentidos.
Martha, (Stephanie Glaser), decide a los 80 años hacer lo que siempre había postergado, poner una tienda en París de lencería, realizada mediante sus propias manos. Labor que lleva a cabo en complicidad con algunas amigas en un olvidado pueblo Suizo.
Entonces la magia se despliega anta la opacidad reinante de los trabajos cotidianos, hipocresías, amoríos, agobios mentales y religiosidades de por medio.
El ofuscamiento y la obstinación suelen ser prioridades defensivas de los pobres de espíritu, manifestaciones que aquí aparecen claramente ante la mediocridad machista y el sometimiento femenino. Pero nada más grato que la libertad de alma asomándose en un diálogo fluctuante entre el cuerpo y la vida; el amor y la lucha; el miedo y las decisiones, hasta llegar a gozarla plenamente.
La película logra esa misma relación con el espectador, quien se complace ante el empuje, visión y regocijo de los protagonistas, sintiéndose partícipe de sus mismas situaciones.
Quien de ahora en más diga que un mayor no es, ni nunca será, sólo estará proyectando su propia negación hacia los otros. Y quien se niegue a sí mismo, ya lo ha perdido todo. Ana C.





Crítica de: "Camino del cielo"





"Camino del cielo" ("Himmelweg") del dramaturgo español Juan Mayorga. Teatro San Martín; sala Casacuberta.


Podríamos hacer un paralelo de la obra dirigida por Jorge Eines, "Camino del cielo", con la película realizada por Roberto Begnini, "La vida es bella". En ésta, el actor (R. B.) trata de desvirtuar la crueldad dentro de un campo de concentración, para evitar el sufrimiento de su hijo. En cambio aquí, el comandante nazi, (Víctor Laplace), ofrece un espectro de metáforas y bellas citas sobre el nefasto paisaje de los crematorios, para así salvar su dignidad camuflando la vida real, la cual maneja a su antojo delante del delegado de la Cruz Roja y de todos. El mundo de las mentiras suele ser un anexo de otros mundos que nos van fagocitando bajo esa misma vorágine hasta acorralarnos y eclipsarnos la memoria. Entonces la vida pierde su valor intrínseco para depender sólo de lo que nunca hemos sido. Sin embargo para que la mentira esbozada sea veraz, se necesita de una parte que mienta y otra que legitime tal error. Por ello, la distorsión de la realidad que el comandante magnifica, (la cual podría haber sido creada también por medio de la culpa para rescatar su propia vida o para salvar esos últimos vestigios de alma que aún habitan en él), es aceptada sin cuestionamientos por el delegado de la Cruz Roja (Horacio Roca). ¿Pero cómo justifica el comandante esos asesinatos en los campos de concentración desde su sensibilidad de poeta? ¿Y cómo el delegado de la Cruz Roja, aún sigue tratando de evadirse de esa misma culpa sin haber actuado? Tal aceptación de la mentira, podríamos atribuirla a la cobardía de no constatar la verdad; a una neta complicidad siniestra, o quizás, a esa facilidad con la que se suele aceptar la manipulación del otro, como condimento de la mediocridad humana. Todos y cada uno de los personajes y objetos sobre el escenario no están librados al asar, si no más bien, constituyen una metáfora de la metáfora. Las reiteradas confusiones del comandante acerca del nombre de pila del falso "Alcalde", Gerard, en vez de Gershom Gottfried, (Ricardo Merkin); ese cinismo con el que él mismo se manifiesta sobre la raza y el humor judío; la magnitud artística implícita en frases y palabras de lo que no fue; aquella niña, (Natalia Señorales), con su vestido empapado dentro del agua y el miedo rondándole la vida; los rasgos de locura y temor del vendedor de globos con su acordeón abierta en un sonido agridulce y doloroso; los otros chicos jugando con su trompo y la extorsión de una sexualidad latente; la pareja que se reitera en el diálogo para afirmar sus dos únicas seguridades: el desencuentro del encuentro y el fantasma de la muerte; ese lavado de cerebro, que como en una cadena de jerarquías va desde el comandante al pseudo alcalde, y desde allí a los prisioneros; la pequeña y sórdida plaza que se ha ido poblando de esa misma gente convertida en otra, semblanteando su cercano futuro en ese idéntico humo gris rodeado de sombras, donde sus familiares y amigos han desaparecido; la ropa de los que ya no están hecha una pila sobre el suelo y esos muñecos que los mismos actores montan y desmontan para ocupar distintos lugares en escena; la desolación del viejo apático y desnutrido; y la magia de la música (Baraj), junto a esa voz humana y femenina superpuesta al clarinete, la cual se va ensamblando desde un principio con todos los personajes, pero en el transcurso de la obra se funde como un fino lamento de los Dioses apoyada por la ductilidad artística del oficial Nazi, quien también tararea con suma entonación esos trágicos compases cíclicos hasta lograr una estridencia armoniosa y no, librada a la suerte de su "locura"; hacen aún más superlativo el grado de sufrimiento y desesperación de esa muestra del pueblo Judío. También surgen la escenografía y el vestuario muy acordes en cada detalle, ( Jorge Ferrari), bajo la mirada siempre presente del asistente de dirección, (Bernardo Cappa). A lo lejos, la exactitud de los trenes es un anunciador del tiempo, custodiada por la tutela del comandante, quien ha pasado de su culta biblioteca al delirio de idear otras vidas ficticias, ya casi sin control. El que ve, y el que no ve; el que mira y el que no quiere o puede mirar; el que se nutre de la mentira y obligatoriamente la transmite; el que jamás podrá volver a observar esa misma plaza con los mismos ojos; el que no se arrepiente pero sufre; el que se burla de su propia liviandad y la propaga; el que sí se arrepiente y no le importa; el que narra; el que es narrado; el que padece y el que no lo hace, se entrelazan en éste laberinto de pequeñas obras paralelas y complementarias dentro de la gran obra, para deslumbrar al espectador. Dura; rara; distinta; armoniosa; fétida; cínica; suave; inteligente; poética; ácida; siniestra; morbosa; nítida y turbia a la vez, son los distintos calificativos que me nacen para describirla; los mismos que sus excelentes intérpretes hicieron hoy vibrar dentro de mí. Ana C.



Crítica de "Pepino el 88"





La magia de los recuerdos afloran; ríen; suenan; nos conmueven; fluyen a la par de toda gloria y “locura” del artista, junto a su dignidad de serlo. Los personajes perduran en ese mismo universo que los escenarios encierran por encima del mundo hasta estatizarse en una postal imaginaria que abarca todos los tiempos y personas. Dentro, la vida se asemeja a una ilusoria espiral de gestos y sensaciones que se mezclan con el llanto; a esa relatividad de los amores prohibidos y no, bajo la plusvalía que el temor da ante el miedo de ser y de no ser. Las canciones crecen y se reproducen junto a sus letras como un carrusel que renace desde el alma, mientras la nostalgia nos apresa en paralelo con esa muerte que ronda las vidas y los pasos.
Pepino (Víctor Laplace); calla; se manifiesta; esgrime la verdad desde sus entrañas; inhala; exhala; ama; muere; es; se transforma; entona; danza; sufre; sueña con suma hidalguía y capacidad dentro de ese rostro de juguete y de pintura que reafirma su triste desnudes… De vez en cuando, la voz y los aros de Rosa (Karina K ) son lanzados hacia el encuentro de esa otra parte de la esencia y de la historia; hacia la completud de lo no existente; aunque la libertad del amor cautivo solo vuele en una cíclica jugada que no siempre puede liberar al otro.
Este mundo circense de los hermanos Podestá, equidista y refleja convulsivamente toda realidad y sentimiento cotidiano; la permisividad de un cautiverio renaciente; el deseo no correspondido que se instala en cada espectador ampliando así todo triángulo amoroso; lo estrellado de la noche flotando tras la acrobacia de un trapecio inmóvil y no; la reiterada corruptibilidad del gobierno reinante; el anonimato y manifiesto de los personajes; junto a una vana hipocresía que subyace latente.
Afuera, una luna menguante pende acompasada del cuerpo de algún clown, (Alejandro Paker), a la vez que las lágrimas del poeta yacen mortecinas bajo la destrucción de un pétalo de rosa…
Un suntuoso vestuario, (Renata Schussheim); exquisita escenografía, (Jorge Ferrari); excelente banda musical en vivo, (Federico Mizrahi, Hernán Reinaudo, Christian Colaizzo, Ricardo Cánepa, Jorge Bergero, Fabián Aguiar, Germán Moine, Oscar Serrano y Christine Brebes); magnífico director (Daniel Suárez Marzal); sincronizada y sutil iluminación, (Nicolás Trovato) e intenso montaje, son el muy válido respaldo que los actores y actrices han logrado conseguir junto a esta genial puesta en escena. Ana C.




Critica de “Aniceto”



Las manipulaciones pesan, cuando el desamparo cunde sobre la cotidianidad de las almas y de esos diversos “juegos humanos” que no se apiadan de otras vidas. Entonces sus vísceras sangran oscuras orfandades que nos nutren de riñas y desencuentros; de traiciones que desbordan sus siniestros filos ante el desgarro de las carnes; ante el despropósito de equidistar entre ese debe y haber de las conquistas y de la pluralidad que las ausencias y presencias agudizan bajo sus latidos en cada espacio de emociones. Afuera, una luna incandescente se hace cielo; sol; naranja de plenitud; amarilla de pureza o púrpura de gloria, conformando ese círculo perfecto que las noches y los días concretan. Una aurora boreal se ramifica en el espectro de las danzas y sonidos como un augurio acompasado de lo que vendrá, mientras los cuerpos se visten y desvisten bajo esa inexistencia de ambiguos paraísos terrenales.

Yo también soy la opulencia y el desprestigio de Aniceto. Soy gallo; contorsión ensimismada de los cuerpos; poder; fracaso; la fragilidad de otra Francisca en una competencia estéril. Soy astro que convalece bajo la tutela de los hombres; primavera expectante de nuevos fuegos lapidarios; fruta madura o letargo sollozo que se pierde tras esa existencia de lejanas arboledas. Soy el pico crispado que mata por amor; los ojos aterrados de mi próxima rival; el resplandor de una sonrisa masculina o del resabio de algún espasmo pasajero que jamás regresará.
Concéntrica de miradas, esta maravillosa trascendencia de la película y de las vidas transcurre entre los límites imaginarios que un “paredón” puede ejercer y no, al igual que el pensamiento nos margina o nos hace trascender al universo; entre el aroma que bulle a la par de las acequias como un tumultuoso recuerdo que nos asemeja al cosmos y a la infancia; al logro de toda perfección, que es sólo un espejismo de las inseguridades y de los miedos que acarreamos o no, y de esos anhelos que suelen esfumarse con su concreción.
Tu excelencia ronda todos los sentidos hasta hacernos agonizar de un extremo placer. Lo mismo ocurre con los protagonistas, efectos, escenografía y música. Muchas gracias Leonardo por esta película; también por aclarar que los animales no fueron lastimados y que usaron marionetas para las peleas. Un beso grande. Ana C.




Crítica de “La escafandra y la mariposa”



Crítica de “La escafandra y la mariposa” (Dirigida por Julián Schnabel)


Indudablemente, uno nunca podría anhelar oníricamente algo doloroso para su vida, o al menos no dejaríamos que tal idea se apoderara conscientemente de nosotros, (ya que sería el reverso de todo pensamiento lógico).


Jean – Do (Matheu Amalric), quien padece un episodio cerebro vascular y queda imposibilitado casi totalmente, salvo por el movimiento de su ojo izquierdo, es ayudado a salir de esa "escafandra corporal" desde varios flancos. Si bien la trama de este film parece haber sido reconstituida desde las partes de un inmenso iceberg conformado por los médicos, terapeutas y allegados a Jean – Do y por sus personajes interiores, quienes reviven la plusvalía de ese todo Universal que habita en cada una de las mentes. El protagonista llegará a disociarse para prolongar sus realizaciones inconclusas en esos mismos restos diurnos que originan a los sueños, y así concretar el poderío de las letras y de las frases que luego serán su propia memoria y libertad plasmadas en un libro.
Evidentemente no suele haber una sola lectura de la vida, y hasta podríamos saberla bella en lo grotesco del dolor, haciéndose y rehaciéndose en ese horizonte tridimensional de cada unidad imaginaria, de cada espacio y cada “insignificante” parpadeo… Jean – Do deja entonces toda vanidad pasada para conquistarnos desde una mirada interna y poetizada; trepa; desea; se convierte; sufre; nos narra un temporal de sensaciones intimistas e inadvertidas por la mayoría de los otros, donde sólo ese "Dios" originario que llevamos dentro, sabrá dilucidar en el espacio – tiempo.
Sin embargo, “tal muerte” existencial que convive bajo la rigidez del cuerpo podría ser el primer paso para apoderarnos de ese inmenso y lejano escenario del más allá o la piedra originaria que habita en la profunda negrura de nuestro propio ocaso.
Que cada cual opte entonces por la liberación que más le plazca. Ana C.


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